Carta abierta a Lisandro Aristimuño, en respuesta a su comentario en Demasiado Humano. «A mí me pasó que mucha gente me escribió diciéndome que no me escucha más porque le hago acordar a la ex«.
(si no querés escuchar la entrevista completa, está en el minuto 40 aprox, pero vale la pena todo lo anterior).
El primer tema tuyo que escuché fue Pluma. Decidí al instante de terminarla, que era oficialmente fan de Aristimuño. ¿Aristiqué? Aristimuño, con el mentón levantado. Orgullosa de mi descubrimiento musical. Yo, la nena bandanera y mambrucera, yo, la chica del pop ligero que no entiende nada de música, yo, que también estudié guitarra y fui entrenando la oreja, yo, había descubierto una joya sin que nadie me lo impusiera. Simplemente porque apareció ahí, en un blog, y tomé la decisión de darle una chance que para eso leo blogs. Bienvenido al tren, Aristimuño.
Tus temas me acompañaron a diario durante el camino a la facultad, en mis inicios. Fueron la banda sonora de mis primeros puchos diurnos. Fuiste el artista que formaba parte de mi vida, como para otros habrán sido los Beatles o Charly.
Me temo que no fui la única. Y ahí creo que es donde empieza tu problema. Por aquella época en la que tu música empezaba a circular, las primeras en darte la oportunidad fuimos nosotras: la nenas mambruceras. Y aunque eras distinto (y lo sabíamos, por eso te dimos el lugar que te dimos en nuestra vida), por mera oposición juvenil, los muchachos de nuestra edad optaron por ignorarte. Eras uno más de esos músicos mainstream que sólo le gustan a las minas que no saben nada. Música de minitah.
Crecimos, por suerte. Como todo el mundo. Conocimos artistas nuevos, ampliamos el repertorio, pasamos de mp3 a smartphone, vivimos aventuras. Nos enamoramos. Y como cualquiera que se enamora, lo compartimos todo: incluso, nuestra música más amada. Así fue como cientos de noviecitos recibieron cartas de amor con el encomillado “me hice cargo de tu luz”; o “manto de cielo sobre el tendal, teje tu nombre y el mío”.
Los más desprejuiciados, finalmente, nos acompañaron a verte en vivo. Y ahí, justo cuando en el escenario la percusión se baila, o cuando el sonido lo envuelve todo, o cuando el corazón se comprime en un acorde; ahí, ellos también te hicieron parte de su vida.
Lamentablemente, el patriarcado es feroz. ¿Cómo reconocer ante los amigos furiosos ricoteros que el recital de minitah al que fuiste te estrujó el corazón? No se puede. Se puede comentar, como al pasar. Se puede sugerir, como quien no quiere la cosa. Se puede apenas mencionar en medio de la conversación sobre el clima “¿Sabés? Acompañé a mi novia a ver a ese… ese Aristimuño.” “¿Y?” “Dentro de todo bien, el loco” “Piola” “Sí, piola”.
¿Lo ves ahora, Lisandro? Esos muchachos aprendieron a quererte porque nosotras te dimos la oportunidad primero. Y eso les duele. Al patriarcado, todavía le duele que hayamos tenido razón tantas veces. Entonces, cuando se van o nos vamos, quizá porque muchos no lograron entender jamás lo que significaba una carta con el encomillado “manto de cielo sobre el tendal, teje tu nombre y el mío”, cuando terminan la relación que los llevó hasta vos, no son capaces de volver a escucharte, porque los ponés de cara con ellos mismos. Y se quedan sin caminos para llegar a vos de nuevo. Sin otro camino para llegar a vos que escribirte una nota que dice “no te puedo escuchar más, porque me hacés acordar a mi ex”.
Nosotras, en cambio, aquí te seguimos escuchando.





