Este texto fue publicado en Zona de Obras. Puede estar sujeto a derechos de autor. Corro el riesgo.
Hay días así.
Los largos días en los que no sucede nada.
En los que caminás por la casa abriendo y cerrando cajones sin ver -ese minucioso paisaje de hilos y botones, de tenedores, de pelusas, de camisetas bien dobladas – lo que hay adentro.
Los largos días en los que nadie te escribe -aunque te escriban todos-; los largos días en los que nadie te llama por teléfono – aunque te llamen tantos.
Los largos días en los que pensás en tus amigos -que te rompieron el corazón-, en los amores que tuviste -a los que les rompiste el corazón-, en el amor que tenés. Y que quizá te esté rompiendo el corazón. Y nada te conmueve.
Pero todo lo que te toca te destroza: el aire celeste de un día tibio, la calma aparente del mundo, el saludo del chino en el supermercado, la pregunta “¿Cuánto vas a llevar?”, la pregunta “¿Vamos al cine?”.
Mirás la pantalla de tu teléfono celular durante quince minutos, te preguntás: “¿Cuándo terminará esto?”. Mirás las marquesinas de las tiendas durante un largo viaje en taxi, mientras pensás profundamente en otra cosa, aunque no sabés en qué. En el supermercado, das vueltas por el sector de los lácteos, sin entender qué hacés ahí (no comés lácteos), y sin poder irte.
Hay días así.
Los largos días en los que no sucede nada.
Leés un poema tremendo de Claudio Bertoni – “piensas que despertar te va a aliviar / y no te alivia / piensas que dormir te va a aliviar / y no te alivia / piensas que el desayuno te va a aliviar / y no te alivia / piensas que el pensamiento te va a aliviar / y no te alivia”- y leer el poema no te alivia.
Pensás en tu padre – que te contaba historias- y en tu madre – que no te contaba nada-, y aunque tu padre está lejos, y aunque tu madre está muerta, nada te conmueve.
No hay buen ni mal humor. Solo vos, como una caja vacía.
Mirás largamente por la ventana y tenés la sensación de que hacés eso por primera vez, de que podrías hacer eso -sólo eso- por siempre.
Te envuelve una cáscara brumosa, las escaras terminales de un desánimo molecular.
Hasta que esa cosa insalubre, dañina, ese calambre, ese pálido fuego llega.
Quizá le sucedió a Alejandro Zambra cuando escribió el comienzo perfecto de la novela Bonsái: “Al final ella muere y él se queda solo, aunque en realidad se había quedado solo varios años antes de la muerte de ella, de Emilia. Pongamos que ella se llama o se llamaba Emilia y que él se llama, se llamaba y se sigue llamando Julio. Julio y Emilia. Al final Emilia muere y Julio no muere. El resto es literatura”.
Quizá le sucedió a Melville, cuando escribió el comienzo perfecto de su novela Moby Dick: “Pueden llamarme Ismael”.
Quizá le pasó a Héctor Viel Temperley, cuando escribió el primer verso perfecto de su poema Crawl: “Vengo de comulgar y estoy en éxtasis/ aunque comulgué como un ahogado”.
Un comienzo. Algo que llega desde un sitio al que nunca se puede ir a buscar nada porque no se sabe dónde está. Un sitio vedado del que, cada tanto, se desprende una frase como un trance -un trance como una voz- y te muestra la diferencia entre ella y todo lo demás -entre su voz y todas las demás- y olvidás tus berridos de dolor mudo y el pánico acolchado de todos estos días y el aire vuelve a ser el aire, y el tiempo vuelve a ser el tiempo, y todo vuelve a estar en orden.
Es aterrador.





