Quería escribir una crónica de fútbol

alvarado aldosivi 2024

Llego a la boletería apenas pasadas las dos. Fui sola en bicicleta, a pesar de las recomendaciones de mi amigo. “¿Segura que no querés que te acompañe? No quiero ser pesado, pero capaz que el clima no está para que vayas sola… En serio, no me molesta, yo me libero en un rato y te acompaño”

Al partido vamos a ir juntos, pero él quiere ir porque es futbolero. Yo, porque el equipo me representa aunque el fútbol me dé lo mismo. En el fondo, a los dos nos importa mucho que Alvarado gane esta noche y nos da igual al mismo tiempo. Dos caras de la misma moneda.

Le aviso que no se preocupe, que ya llegué y que si veo que la cosa se pone jodida lo llamo. Ahora estoy en la fila, y está todo tan tranquilo que me da risa haber pensado que podría ser de otra manera. Me acuerdo, entonces, que siempre fue así: solo que ahora vivo en otro barrio, y me había olvidado. 

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El barrio de mi infancia siempre le dio miedo a mucha gente. “El matadero”. El barrio debe su apodo a que, hace muchos años, era la zona en la que mataban vacas para producción de carne. Pero daría la sensación de que, en el imaginario colectivo, era también una referencia a su mala fama. 

Un largo barrio de edificios, todos iguales y venidos un poco a menos, se erige sobre la calle Chile, y se extiende por 16 manzanas. En las paredes de todo el complejo habitacional predominan dos colores entre las pintadas que hacen los más jóvenes: el azul y el blanco. Los colores del “torito”, de Alva. 

Es el Centenario, y yo no vivía adentro, sino a media cuadra. Igual a los remiseros les daba miedo ir, y a algunas de mis amigas también. 

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Adelante mío en la fila hay una pareja, e inmediatamente después una mamá con su hija. Más adelante otra familia. Un nene se acerca corriendo a su papá, que permanece en la fila. El nene tiene un gorro de Alvarado en la cabeza y una sonrisa enorme en la cara: “¡Pa! Mirá lo que me compró mamá!”. No debe tener más de seis años, y está feliz. 

No es para menos: esta noche el equipo del torito puede ascender a la B. Estar a un paso de la primera división, tener un nombre a nivel nacional. El equipo está bien armado, es fuerte, llegó hasta acá porque tenía con qué. Esta noche puede ser histórica y todos queremos estar ahí.

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Vuelvo a casa a esperar que se haga la hora. Mi casa actual está en un barrio céntrico, muy cerca de la terminal de ómnibus. Por la esquina pasan colectivos que me dejan en cualquier lugar de la ciudad en un tiempo razonable, y las noches de jarana siempre hay patrulleros que garantizan nuestra seguridad (o eso dicen). 

Contrasta con el barrio en el que nací. Acá muchas casas están vacías, o llenas de personas mayores. Apenas en algunas -como en la nuestra- hubo herencia y recambio generacional. No hay chicos jugando a la pelota en la calle todos los días. Nadie tira petardos todo el mes previo a la navidad. No hay casas/conventillo, donde viven cuatro generaciones sobre el mismo terreno de 100 metros cuadrados. 

Estoy cómoda, sí. Pero parafraseando esa emblemática escena de El Secreto de sus Ojos, la verdad es que uno puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novie, de religión… pero hay una cosa que no se puede cambiar, y es el lugar de donde se viene. 

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Son las 18, estamos esperando para entrar finalmente al Estadio. La fila avanza lenta y en el camino vemos de todo. Un muchacho trepando un paredón y saltando hacia adentro de la cancha a pesar de los alambres de púa para no pagar la entrada. Otro, que hace una hazaña similar pero solo para alcanzarle una botella de vino a un amigo que ya está adentro, luego vuelve a la fila. 


Todos aplaudimos cuando lo hace. “¡Eso es compañerismo!” grita uno de atrás. Mientras, siguen apareciendo grupos de amigos, amigas, familias, niños en brazos. Sonrío: entre multitudes y eventos populares siempre me siento más cómoda. 

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¿Por qué empatizamos con un club de fútbol en lugar de otro? A Boca lo elegí por mi mamá. Un día ella escuchaba un partido en la radio, mientras barría y limpiaba la casa. No sé cuántos goles metió el equipo en ese partido, pero a mí que era una nena me parecieron un montón. Lo que más me acuerdo es a mi mamá festejándolos. Estaba contenta, los vitoreaba con ganas, y yo pensé que quería esa pasión para mi vida. Así que me quedé con la 12. 

Sin embargo, con el club del barrio no tengo un recuerdo en especial. Simplemente, que siempre estuvo ahí, y yo también. De algún modo somos, el club y yo, parte del mismo prejuicio. Sin importar la ropa que usemos o la liga en la que juguemos. 

Cuando se comparte esa identidad, sólo hay dos caminos: negarla o abrazarla. Pero al final, siempre se es lo que se es. Así que mejor abrazarla dentro de la cancha. 

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-¿Qué están haciendo? -miro a mi amigo con alarma. ¿Por qué los jugadores están sentados en el piso? ¿Qué les pasa? 

-Se están quejando del mal arbitraje -me explica. 

-¿Y ahora qué pasa? 

-No tengo idea, nunca en mi vida vi esto. 

Y eso que él mira mucho fútbol. En el Estadio nadie entiende nada. Alvarado ganaba 1 a 0 el primer tiempo, que terminó con dos del equipo visitante expulsados y otros cinco con amarilla. Ahora, a 5 minutos de haber empezado el segundo tiempo, los 9 jugadores de San Jorge que quedan en la cancha se sientan en el piso en señal de protesta. 

No se sabe qué va a pasar, pero hay un periodista haciéndole una entrevista a uno de los jugadores sentados. Casi nadie habla, apenas se escuchan algunos cantos. Necesitamos saber cómo sigue. 

Después de unos 10 minutos de tensión, los jugadores se levantan del piso y empiezan a darle la mano a los nuestros. ¿Ya está? ¿Ganamos? ¿Por abandono? 

Nos empieza a invadir un sabor agridulce. Muchos festejan, otros nos vamos. Yo no puedo evitar pensar en los titulares que, efectivamente, leería después. Que el sindicalista le pagó al árbitro. Que el hijo del sindicalista va de diputado nacional, ¿Qué esperabas? . Que seguro le amenazaron a la familia. Que tendría miedo, con la cancha llena de toritos.

***

-Bueno, tu debut en cancha fue raro, pero al menos viste algo único -me dice mi amigo mientras salimos caminando despacio y cabizbajos del Estadio. 

-Es verdad. En 20 años, cuando Alvarado esté en primera, vamos a poder decir que nosotros estuvimos en aquel partido en el que ganamos porque el otro abandonó. 

Alguien habla, pero tardo en darme cuenta que me habla a mí. Lo miro. También tiene una sensación agridulce clavada en la mirada. 

-Cuando Alvarado esté en primera, ¡Que Dios te oiga! -me dice, y sigue caminando. 

***

Por ahora, Alvarado está en la B nacional, y eso nos hace felices. 

Tendrá que dar mil explicaciones, aunque los que abandonaron a su gente por dos expulsiones fueron los otros. Pero ya lo sabíamos. Porque somos parte de lo mismo y nosotros también hemos tenido que justificarnos mil veces. 

Es que los toritos salen del matadero. Y esa palabra a algunos, de Echeverría en adelante, siempre les ha dado miedo.

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